Reseña, histórica, biológica y cultural de la Reserva Natural Punta Lara.

 (Próximamente se publicará la nueva reseña histórica  de la Organización socio territorial de las tierras que ocupa la actual RNPL, vigente desde el 19 de febrero de 2016)

 

 Introducción

 

Dentro de nuestra provincia existe un conjunto de Reservas y Monumentos Naturales que funcionan contenidas en un sistema, llamado Sistema de Áreas Naturales Protegidas de la Provincia de Buenos Aires, representando cada una, ambientes naturales característicos de nuestro territorio provincial.

Dentro de este esquema, la Reserva Natural Punta Lara constituye una muestra representativa del ecosistema típico de la Ribera Rioplatense.

Teniendo como objetivos esenciales los que marca el artículo 7° de la Ley 12.814 de ampliación de la Reserva Natural Punta Lara :

 

1) Conservar la biodiversidad del ecosistema ribereño rioplatense.

 

2) Garantizar los servicios ambientales que brindan sus procesos naturales a todos los bonaerenses".

 

 

Reseña histórica de cómo nació la Reserva Natural

 

Pero para comenzar a conocer Punta Lara, es bueno ubicarse geográfica e históricamente.

La Reserva Natural Punta Lara se encuentra ubicada en los partidos de Ensenada y Berazategui ocupando una “punta” de la costa del Río de La Plata conocida como Punta Lara. Estas tierras declaradas por Ley como una Reserva Natural, formaron a fines del siglo XIX y principios del XX parte de una gran estancia, la Estancia Pereyra Iraola.

Allá por 1939 se produjo un hecho que seguramente pasó inadvertido por la mayor parte de la sociedad, comenzó a estudiar la zona el Dr. Angel L. Cabrera, botánico reconocido, que luego de algunos años, en 1943 publica un libro junto a Genoveve Dawson, llamado la Selva Marginal de Punta Lara.

En esta publicación aparece una recopilación de estudios anteriores realizados en la zona y una completísima descripción del lugar mostrando la importancia que representaba una formación selvática en estas latitudes. Este trabajo fue acompañado por un inventario de flora y fauna, y en su introducción Cabrera destaca la importancia de cuidar este sitio del avance de la insipiente urbanización que se producía en Punta Lara.

Así en 1943 se produce un hecho sobresaliente en lo que a Conservación de Ambientes Naturales se refiere, se expropian 30 hectáreas al dueño de estas tierras, Don Martín Pereyra Iraola, a través de una figura de expropiación precaria por el plazo de 10 años. Esto que a simple vista fue un procedimiento administrativo-legal constituiría el puntapié inicial de la actual Reserva Natural.

El 26 de agosto de 1949 se sancionó el Decreto N° 18.529 a través del cual estas 30 hectáreas pasan a la orbita de la Dirección de Política Forestal, denominándose Reserva Forestal. Fue en este mismo año que la gran Estancia Pereyra Iraola fue expropiada y declarada inicialmente como Parque de los Derechos de la Ancianidad, hoy conocido como Parque Provincial Pereyra Iraola.

Recién para año 1958 a través del Decreto N° 5.421 se declara a este lugar como Reserva Natural Integral de Selva Marginal de Punta Lara. Este nombre fue el que trascendió en la sociedad, siendo en la mayor de las veces desde el cual se identifica a la Reserva.

El área declarada había permanecido únicamente en los papeles de las normas que la crearon, hasta inicios de la década del 70 donde se comenzó a implementar al área como una Reserva Natural. Así fue que se asignó personal , se alambró el terreno y levanto una vivienda para el Guardaparque, se instaló cartelería y lentamente el lugar comenzó a funcionar como un Área Natural Protegida.

El proceso de implementación demandó tiempo y un gran esfuerzo humano, que derivó en la necesidad de mostrar la Reserva. Así fue como se comenzó con las actividades educativas por 1986, recibiendo grupos que participaban de una charla y una recorrida por el interior del área. Para 1988 se decidió crear un sendero para visitantes, que sería sobreelevado del suelo, desde el cual se pudiera conocer la zona, aún con malas condiciones climáticas, permitiendo que el visitante pudiera pasar por el lugar y la Reserva no sufriera deterioro con este hecho. En la actualidad el Circuito de Interpretación Ambiental “Sendero del Chiricote” posee una extensión de unos 600 metros y está construido totalmente en madera.

Pero sin apartarnos de este relato cronológico, en 1994 se sanciona la Ley 11.544 que amplía la superficie de 30 hectáreas  a casi 500 hectáreas y la declara Reserva Natural Integral denominándosela Selvas del Río de la Plata. Y en esto de relatar sucesos importantes, en el año 2001 es sancionada la Ley 12.814 donde se extiende de 500 a 6000 hectáreas. Toda la zona restante de la costa del Parque Pereyra Iraola pasa a formar parte de la Reserva Natural Integral Punta Lara.

Muy resumidamente es como la Reserva paso de tener 30 a aproximadamente 6000 hectáreas en estos últimos casi 60 años.

 

 

Pero, seguimos hablando de Reserva Natural, sin saber de que se trata este término. Muy básicamente, una Reserva Natural constituye un Ambiente o Área Natural que se halla Protegida. Salen de esta lectura distintas palabras para ser interpretadas:

 

- Ambiente o Área Natural, su definición suele ser muy abarcativa, en este caso nos referimos al espacio físico que conserva rasgos característicos y nativos, constituido por elementos y procesos naturales y socio-culturales que interactúan entre sí y que condicionan la vida del ser humano.

 

- Protegida, nos referimos a que dichas áreas se sustraen de la libre intervención humana y se emplean distintas estrategias de conservación destinados a asegurar la existencia a perpetuidad de este conjunto de elementos y procesos característicos de la región para el aprovechamiento y goce de la humanidad.

 

 

 

 

Conociendo los Ambientes de la Ribera Rioplatense:

 

La Reserva Natural Punta Lara, como dijimos anteriormente representa el ecosistema típico de la Ribera Rioplatense. No podemos definir a la costa rioplatense como un único ambiente sino como la suma de varios ecosistemas, a modo de un mosaico de azulejos formado por varias piezas de distintas formas, texturas y colores.

Pero para una mejor comprensión de este paisaje proponemos conocer el lugar desde la óptica de quien realizara una caminata, yendo desde la costa del río hasta la parte alta de la zona.

En este trayecto perpendicular a la costa encontraríamos diferentes ecosistemas, que se encuentran en un estado similar al que observaran, tal vez, los primeros viajeros que recorrieron esta zona hace unos 500 años.

Nuestro primer contacto es la playa, zona de arenas gruesa que nos muestra variados testimonios de la vida dentro del rió, sobre ella quedan muestras que acarrean las olas de todo lo que no podemos ver bajo el agua.

En este imaginario trayecto nos enfrentamos al juncal, espesa barrera de delgadas varas que en sectores se extiende en más de 50 metros. Este juncal constituye la defensa natural de la costa y en él, el río descarga gran parte de su energía transmitida a través de las olas. Luego de cruzarlo vemos como esa impetuosa ola pasa mansa, atrapando dentro de su trama ese sedimento necesario para que la costa vaya ganando metros al río.

Pero el juncal solo no funcionaría si no estuviera acompañado del matorral ribereño, el espacio florido de la ribera donde la vegetación desarrolla el máximo de sus colores, afianzando con sus raíces ese endeble suelo que trata de permanecer allí. Las acacias, los sarandies, los palos amarillos, junto con otras como la caliandra, y el retamo, atrapan en sus simientes ese sedimento que día a día arrastra el río.

Un proceso lento. Pero constante, que hace que el frente del actual delta del Paraná avance día a día, ocupando zonas que antes eran dominio del agua.

 

Pero sin apartarnos de este camino ingresamos en un mundo donde el horizonte está vedado a pocos centímetros, donde el suelo comienza a mostrase invadido por el agua, donde las plantas que allí crecen defienden su territorio cortando como filosos machetes. Nos encontramos en el pajonal. En este mar, las pajas bravas se combinan con los seibos para mostrarnos en sus dominios como viven en él, carpinchos, nutrias, y aves que por su plumaje pasan inadvertidas para el ojo no acostumbrado a este encierro. Es el mundo de los sonidos, donde la vista poco importa, donde todo queda para ser oído y conocido, es la invitación a descubrir escuchando.

Y seguimos caminando tratando de no perder nuestro rumbo, ya que este ambiente se extiende por cientos de metros, y si así pasara recordaríamos a aquellos primeros viajeros de nuestra costa que se enfrentaban a estos “pantanos infranqueables”, que dificultaban su tránsito, tal como lo describiera Ulrico Smidell en su clásico Viaje al Rió de La Plata para fines del siglo XVI.

Pero no todo es andar mojado en nuestra costa, de repente sin notar un gran cambio vemos ante nosotros, grandes árboles con duras espinas, y dejamos de andar por el agua, es que están llegando a la zona de albardones, o lomas que corren paralelas al rió. ¿Pero quién puso aquí estas barreras?. El mar. Si, esta zona fue dominio marino hace miles de años, y en su retirada fue modelando y dejando testimonios de su paso. De las evidencias más conspicuas, basta con cavar el suelo unos pocos centímetros y encontraremos conchilla, material que corresponde a restos de las partes duras de algunos animales marinos. Los depósitos de conchilla en suelo dejan que el agua escurra rápidamente, permitiendo el crecimiento de especies arbóreas de regiones más secas, como el Tala, Coronillo, Espinillo y Molle.

Pero esto de andar seco no dura tanto, nuevamente el bañado nos recibe y la caminata se hace difícil otra vez. De esta manera seguimos alternando entre bañados y albardones hasta que de repente recobramos el horizonte infinito de nuestra pampa. Ahora sí, nuestros ojos pueden ver más allá que la espalda de nuestros compañeros de marcha.

Llegamos al campo, zona de pastizales, donde el agua inunda solo temporalmente estos pastos. Así eran los que en otro tiempo supieron de grupos de Venados de las Pampas saltando o algún Ñandú oteando el horizonte desde su metro y pico de alto. Esta zona de pastizal guarda en su interior algunas lagunitas que todo el año sirven de hábitat a cientos de Patos, Gallaretas, Espátulas y Cuervillos. Otros como los chorlos y gaviotines usan este lugar como descanso de sus grandes viajes. Así en las temporadas de las grandes migraciones recobran fuerzas para llegar a su destino cientos de estos ejemplares.

Varios son los kilómetros que andamos por el campo hasta encontrarnos con matas de pastos que crecen en el litoral marino de nuestra provincia. Hemos llegado al espartillar, viejo testigo que reafirma la visita marina en tiempos pretéritos.

 

¿Pero tanto andar y sin noticias aún de la selva marginal? Es que en este trayecto tierra adentro, no entramos por ningún arroyo, de haberlo hecho seguramente este relato hubiera sido otro, y nuestro parecer sería que caminamos por alguna región ubicada más al norte que la costa bonaerense.

La selva marginal o selva en galería se desarrolla solamente aquí, en las barrancas de los arroyos que, desde del Río de la Plata actúan como canales de mareas permitiendo  a el agua entrar y salir tierra adentro. Estos ingresos del río seguramente acarrearon semillas provenientes de selvas situadas a muchos kilómetros más al norte, a través de los ríos  Paraná y  Uruguay. Durante las bajantes las depositó sobre esas zonas más alta que se fueron formando por la acumulación continua de sedimento aportada por las aguas.

No es raro encontrar plantas como las que hay en toda la Cuenca del Plata, pero mucho más al norte, como el Laurel Blanco, Mataojo, Espinas de Bañado, Lecherón y decenas de enredaderas, las que adaptaron sus semillas para navegar en los ríos, y su fin último, el de trascender, se lograra algunas veces a gran distancia de las plantas madres.

La selva llegó aquí traída por el río hace cientos de años, y fue este quien la depositó en las márgenes de los arroyos, de ahí el nombre de selva marginal. Una selva donde el andar es bastante lento, donde las plantas pelean todo el tiempo para tener un espacio de luz, donde desde el aire no se ve el curso del agua, dado que en esa pelea las plantas aprovecharon que en el arroyo no podía haber árboles, para inclinarse sobre él y formar esas galerías vegetales.

Lianas con formas tortuosas, helechos de distintas figuras, plantas que optaron no estar dependiendo del suelo para crecer como los Claveles del Aire, helechos trepadores, orquídeas, y el Cactus Lombriz, crean un ambiente de sobras, que producen en nuestro camino, esa sensación que vivimos cuando leemos esas crónicas y relatos de aventureros por las selvas.

 

Aunque pareciera que nadie habita este lugar es solo cuestión de aguzar los sentidos, un poco de silencio y nos permitirá oír cantos de  aves que entre la maraña buscan ser encontrados por sus pares, insectos que se esconden bajo alguna rama caída en el suelo, mariposas que despliegan su vuelo lento, llenas de colores y vida. Pero en  este descubrir aun falta  alguien. Un zumbido constante nos acompañara en este viaje, el de alguien que defiende la zona de aquel que intenta conocerla, que nos asaltará con sus agudos estiletes recordando que allí ellos están todo el tiempo, son nubes, que nos sorprenden  de mosquitos, que caracterizan el lugar.

 

Pero a no preocuparse, al tiempo de estar allí uno comprenderá su importancia en el ambiente, veremos cientos de ellos atrapados en telas de arañas o siendo perseguido por aves que en los veranos llegan a la selva después de haber viajado miles de kilómetros para tener aquí sus crías.

Andando por la selva uno se encuentra con viejos habitantes del lugar, árboles añosos que pueden servirnos de recordatorios de toda la historia que vio esta Punta del río, tal vez si pudieran hacerlo podrían contarnos como eran los primeros habitantes del lugar y como usaban la arcilla del arroyo para hacer sus enseres domésticos, o comentar que preferían comer los jaguaretés que por este suelo pasaron, o como fue el día que vararon en su costa esas ballenas que hicieron que el lugar se llamara Punta Ballena, o como vieron a esas tropas de soldados que hablaban otra lengua distinta a la que usaban los paisanos del lugar cuando pasaron por aquí las tropas inglesas durante la segunda invasión inglesa, o que sintieron cuando fueron identificados y clasificados por aquel Botánico a quien debemos que este lugar, sea hoy una Reserva Natural, Don Angel Cabrera, en fin muchas cosas más conoceríamos si pudiera hablarnos, pero queda en nosotros entenderlas y comprenderlas.

 

Pero seguimos con ese recorrido remontando el arroyo y vemos que a unos 600 metros la selva da paso al pajonal, como el que describimos anteriormente.

 

Todos estos ecosistemas funcionan en conjunto, no es posible imaginar en el lugar uno sin los otros. Y en esta característica radica que la Reserva Natural Punta Lara sea la zona donde la diversidad biológica alcanza el punto más alto de la Provincia de Buenos Aires. La diversidad de ecosistemas que constituyen la Ribera del Plata contienen más de 800 plantas vasculares, más de 300 especies aves, más de 40 especies mamíferos, 25 especies de anfibios y reptiles y numerosas especies de insectos que sorprenden a los entendidos en el tema.

Son números, pero estos dan al lugar un valor, que no es mensurable en términos de economía actual, es un valor que va más allá de lo monetario, un valor que nos obliga a comprometernos en que este lugar siga estando. Ese compromiso al que referimos es un compromiso que tiene que ver con algo mucho más importante, nuestra identidad regional. Quienes vivimos cerca del Río de la Plata (más de 8 millones de argentinos) somos ribereños, habitamos  una ribera con la que no nos identificamos. Esta ribera a la que nos cuesta asumir como propia. Esta ribera a la que damos permanentemente la espalda desde nuestra actitud hacia el río. Ya sea desde nuestra forma de relacionarnos o  desde nuestra forma de construir, o de la manera que contaminamos ese Río que nos baña,  o desde nuestra planificación como habitantes del lugar.

 

Vivimos modificando el entorno a nuestro uso, y no nuestro uso al entorno.

 

¿Pero por qué no nos relacionamos con nuestro Río como corresponde? Es porque no sabemos por donde empezar. Es que carecemos de eso que decíamos al principio, carecemos de identidad de habitante de la ribera, carecemos de identidad ribereña.

Y donde encontrarla? Es difícil, pero una buena punta como para encontrarla, es buscar en los ambientes naturales que nos van quedando, y  ver como hizo el lugar para soportar el paso del tiempo y como interactuó para soportar tantos años. De esas interacciones que se suceden en la naturaleza podemos aprender como hacer para interactuar con nuestro medio.

Pero ese compromiso de cuidar el lugar no debe estar restringido a la  tarea de pocas personas, es una tarea en la que se debe involucrar toda la sociedad. Pero de que manera podemos involucrarnos? En principio, conociendo nuestro alrededor, sólo así podremos respetarlo y mantenerlo.